viernes, 25 de julio de 2008

Mujeres al borde de un ataque (mío) de nervios

Vicisitudes de la mudanza de oficina: ayer casi quise matar a mis compañeras. Ya me han dicho que lo siguiente suena terriblemente machista, pero quisiera que las mujeres que puedan estar leyendo este humilde testimonio, con una mano en el corazón, rectifiquen o ratifiquen lo que digo: tres o más mujeres en una oficina es garantía de peleas abiertas y de rumores maliciosos, de inestables alianzas de agresión, de disenso solapado.

No lo digo sin apoyo: mi madre (que piensa que es machista decirlo) lo ha afirmado en privado infinidad de veces. Los hombres se pelean diez minutos, por el fútbol o por lo que fuera, y lo solucionan por su cuenta y rápido, a palabras o a puñetazos. El rencor se lo guardan o se lo sacan a puteadas. No es una regla, pero en general y en promedio funciona así.

Tampoco hablo sin conocimiento de causa. Una vez trabajé con tres jefas, en horarios superpuestos. Un absoluto infierno: cuando no estaban todas contra todas, eran dos aliadas contra la tercera (y el alineamiento, obviamente, cambiaba día a día y según quién estuviera presente). Trabajando con hombres nunca he tenido un problema mayor que el desorden o la dejadez; con mujeres, todo lo que una hace mal es multiplicado por las críticas de las otras, desparramadas a los lados y hacia atrás, nunca de frente.

En fin, que éste es mi lugar y éste el tuyo, que es una estupidez andar marcando territorio, que si viene el jefe quiero que me vea trabajando, que yo quiero mis papeles a mano, que tantos papeles ahí molestan, que esto hay que limpiarlo antes que ponerlo en su lugar, que hay que ponerlo en su lugar y después limpiarlo, que hay que tirar todo lo posible, que estas mujeres me tienen harta, que no quieren trabajar, que me cuesta subir un piso, que me duele la cabeza, que por este lado hace frío, que por allá no da el sol... Digo, si una mujer escuchara a un grupo de hombres diciendo esto, los llamaría quejosos y maricones. Q.E.D.

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