viernes, 12 de septiembre de 2008
Vacaciones en fotos (vol. 3: Subida hacia la Estación Nº 2)
Más fotos del río amarillo y el sendero que sube los cerros, del día en que subimos de Santa Florentina a la Estación Nº 2 del Cablecarril Chilecito–La Mejicana.




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Vacaciones: Lunes de sol en Santa Florentina
El lunes 1º de septiembre hacía aun más calor que el día anterior, por lo cual inexplicablemente decidimos continuar nuestro periplo de excursiones trepando cerros bajo el sol del mediodía. Esta vez continuamos nuestra exploración del famoso cablecarril que sube de Chilecito hacia el Famatina (del que hablé cuando conté nuestro primer día allí).
Tomando un colectivo urbano en la vieja terminal, uno accede en cuestión de veinte minutos o media hora a un pueblo cercano llamado Santa Florentina, que está unos kilómetros más cerca del pie del Famatina y por tanto unos cuantos metros más arriba. Lo que hay en Santa Florentina es, supuestamente, una "plaza museo" única en el país, que exhibe objetos relacionados con la antigua actividad minera.
La plaza es, por decirlo suavemente, abominable, pero cruzando la calle un sendero ancho conduce hacia los cerros, primero pasando cerca de un camping (desierto) y llegando finalmente hasta (creo) unos 1600 msnm, a la Estación Nº 2 del Cablecarril.
La estación está bien preservada y los edificios y maquinarias cuidados, como si allí viviera y trabajara gente diariamente. Al llegar, obviamente, lo que más nos interesaba era descansar a la sombra, pero después tomamos muchas fotos. La vista es fabulosa: de un lado la bajada, con una hilera de torres sustentadoras color rojo-ocre que se pierden en una graciosa curva en la distancia, hacia Chilecito, y del otro más y más cerros, erizados de cactus, fundiéndose en una masa gris azulada que se eleva y se eleva hasta que aparecen hilitos de nieve, y luego las cumbres perpetuamente blancas del Famatina, a no menos de 25 o 30 km. Abajo, en el valle, corre un río pequeñito, de aguas rápidas, apenas turbias y de un color entre dorado y cobrizo, cargado de minerales.
Después de mucho admirar el paisaje, de tomarnos unos mates, y de recuperar el aliento, bajamos (mucho más rápido que subir) y nos quedamos a un lado de la "plaza museo" esperando el ómnibus, que a decir de un lugareño consultado oportunamente, "viene a las cuatro... a veces cuatro y cuarto, y veinte... son y media, ya debe estar por llegar". Llegó, media hora tarde, pero no nos importó.
Al otro día nos tocaba la excursión que habíamos venido a hacer a La Rioja: la visita al Cañón de Talampaya y al Valle de la Luna. La excursión comienza a las 7 de la mañana y dura 13 horas, de manera que nos acostamos temprano.
Tomando un colectivo urbano en la vieja terminal, uno accede en cuestión de veinte minutos o media hora a un pueblo cercano llamado Santa Florentina, que está unos kilómetros más cerca del pie del Famatina y por tanto unos cuantos metros más arriba. Lo que hay en Santa Florentina es, supuestamente, una "plaza museo" única en el país, que exhibe objetos relacionados con la antigua actividad minera.
La estación está bien preservada y los edificios y maquinarias cuidados, como si allí viviera y trabajara gente diariamente. Al llegar, obviamente, lo que más nos interesaba era descansar a la sombra, pero después tomamos muchas fotos. La vista es fabulosa: de un lado la bajada, con una hilera de torres sustentadoras color rojo-ocre que se pierden en una graciosa curva en la distancia, hacia Chilecito, y del otro más y más cerros, erizados de cactus, fundiéndose en una masa gris azulada que se eleva y se eleva hasta que aparecen hilitos de nieve, y luego las cumbres perpetuamente blancas del Famatina, a no menos de 25 o 30 km. Abajo, en el valle, corre un río pequeñito, de aguas rápidas, apenas turbias y de un color entre dorado y cobrizo, cargado de minerales.
Después de mucho admirar el paisaje, de tomarnos unos mates, y de recuperar el aliento, bajamos (mucho más rápido que subir) y nos quedamos a un lado de la "plaza museo" esperando el ómnibus, que a decir de un lugareño consultado oportunamente, "viene a las cuatro... a veces cuatro y cuarto, y veinte... son y media, ya debe estar por llegar". Llegó, media hora tarde, pero no nos importó.
Al otro día nos tocaba la excursión que habíamos venido a hacer a La Rioja: la visita al Cañón de Talampaya y al Valle de la Luna. La excursión comienza a las 7 de la mañana y dura 13 horas, de manera que nos acostamos temprano.
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jueves, 11 de septiembre de 2008
Vacaciones en fotos (vol. 2: El jardín de cactus)
Fotos tomadas en el Museo y Jardín Botánico de Cactus Chirau Mita, en las afueras de Chilecito. Más fotos en Flickr (buscar etiqueta chiraumita).







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Vacaciones: Samay Huasi
González fue fundador de la ULP, y según Wikipedia "político, historiador, educador, filósofo y literato". Nació en Nonogasta (a pocos kilómetros de la ciudad de Chilecito) y fue diputado, senador, gobernador de La Rioja, escritor de varios géneros, jugador de cartas empedernido y, según se rumorea, ateo y masón (aunque de todos los personajes interesantes de la historia argentina se ha rumoreado eso, o cosas peores). Un personaje fascinante, a cuya obra me he prometido apuntarme en cuanto pueda; en La Rioja y en Chilecito su nombre está por todos lados.
Allí nos encontramos con un pequeño museo histórico, nos enteramos de un par de detalles de la vida de Joaquín (le decimos así porque ya estamos como chanchos), observamos algunos de sus efectos personales, y después quedamos libres para tomar fotos y vagar, entre los gritos lejanos de las cotorras y el leve sonido del pasto.
Las cotorras merecen un párrafo aparte porque al parecer no son esas mezquinas cotorritas que tenemos aquí en Rosario, sino unas aves considerablemente más grandes, más coloridas, y más ruidosas. De la misma manera que hablé de los colores de Chilecito refiriéndome al rosa de los lapachos, si tengo que hablar de sonidos me viene en seguida el parloteo chirriante de las cotorras.
Entre bajar y subir (con una parada para comer nuestros sandwiches y tomar agua a la sombra de un peñasco) se nos hizo la tarde, y ya la cosa se ponía calurosa, así que fuimos a sentarnos con un mate a la sombrita de una galería y nos empeñamos en perder todo el tiempo posible allí. (El guía del museo desapareció durante la siesta y no reapareció a ver dónde estábamos o qué hacíamos. Supongo que podríamos fácilmente habernos quedado en alguna parte de la finca con una carpa por días sin que nadie se diera cuenta.) Después, ya apaciguada la sed y calmado el cansancio, tomamos la ruta y caminamos unos 3 o 4 km hasta Chilecito.
Y ésas fueron la mañana y la tarde del segundo día.
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miércoles, 10 de septiembre de 2008
Vacaciones en fotos (vol. 1)
Para los que quieren ver con sus propios ojos. Más fotos, como siempre, en Flickr.

Curva de la ruta, Nonogasta, llegando a Chilecito

Amanecer, entre Nonogasta y Chilecito, con los cerros del Famatina al fondo

Una esquina de barro en Chilecito

Otra casa abandonada en Chilecito

Un caballo y un campo, desde el Museo del Cablecarril

Nevados del Famatina y un baldío para jugar al fútbol
Curva de la ruta, Nonogasta, llegando a Chilecito
Amanecer, entre Nonogasta y Chilecito, con los cerros del Famatina al fondo
Una esquina de barro en Chilecito
Otra casa abandonada en Chilecito
Un caballo y un campo, desde el Museo del Cablecarril
Nevados del Famatina y un baldío para jugar al fútbol
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Vacaciones: Primer día en Chilecito
El hostel resultó ser bastante acogedor, una vieja casa con habitaciones que daban a una galería embaldosada y un pequeño espacio que no me atrevería a llamar un jardín. Había un gato grandote, sucio, entrometido, al que nos acostumbramos pronto. Fuimos a desayunar, nos dimos un baño, y después salimos a caminar Chilecito, cosa que resultó ligeramente agobiante porque el sol no daba tregua.
Pasamos por una feria donde golosamente compramos cosas que deberíamos haber dejado para el último día. Y nos fuimos de vuelta hacia el acceso y más allá de la terminal, donde yacen los restos de lo que fue la Estación Nº 1 del cablecarril que lleva a la antigua mina en la montaña, a lo alto del Famatina. Al menos ahí encontramos sombra.
Había un museo compuesto (al uso actual) de cosas disímiles olvidadas por el tiempo y agrupadas: herramientas, trozos de elementos del cablecarril, máquinas de escribir, planos del cablecarril en prolijo alemán (con pluma), fotos desleídas, y afuera, vagonetas de mineral apiladas, en diversos estadios de esa muerte que es la oxidación. El guía del museo fluctuaba entre la la coherencia y la inconsecuencia, entre la dicción fluida y en bajo tono del pueblerino riojano y el murmullo tartamudeante de quien está atrapado entre el turismo y la hora de la siesta.
Aprendimos que el Famatina tiene minerales de oro y uranio, entre muchos otros, y que ahora se lo saca de a poco en camiones, pero el cablecarril, si hoy alguien quisiera y aportara fondos para restituir partes robadas y perdidas, podría ponerse en marcha con pocos ajustes, ya que la empresa constructura ofreció una garantía comprobable de cien años. Supimos que el gobernador Beder Herrera primero prometió (en campaña) que no permitiría la explotación minera en el Famatina usando cianuro para procesar el oro, y después le dio vía libre a una gigantesca multinacional para hacerlo.
Con alfajores, galletas de dulce de pelón y un termo de agua para el mate a cuestas, fuimos a verle de cerca la cara a un gran Cristo blanco subido a un cerro que habíamos atisbado al llegar, y nos tomamos fotos junto a un par de altos cactus, exactamente como se supone que una pareja de turistas de la Pampa Húmeda haría. A lo lejos se escuchaba una cumbia, que salía (dedujimos después) del predio del Club Atlético Chilecito.
Y ésa fueron la mañana y la tarde del primer día.
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lunes, 8 de septiembre de 2008
De vuelta
Estoy de vuelta de mis vacaciones. En los posts sucesivos voy a intentar resumir esta semana pasada llena de experiencias, así que ténganme paciencia... Tengo mucha información e ideas en la cabeza para organizar y escribir, y muchas fotos que ver y procesar. Quiero escribir una crónica de viaje; la comencé ayer por la tarde, horas después de llegar, y cuando esté lista la voy a poner aquí mismo o en un blog aparte.
Fueron unas vacaciones muy variadas, al menos climáticamente. En Chilecito, los primeros días los dedicamos sobre todo a pasear al aire libre, incluyendo dos subidas a pequeños cerros, nada terriblemente difícil pero sí cansador, y esto bajo un sol a pleno, con temperaturas de primavera avanzada, casi sin reparo en esas tierras donde la sombra no abunda. Después vino el zonda, o al menos algo parecido al zonda, que en vez de ser caliente resultó casi fresco, y que trajo una polvareda como nunca había visto antes. Y después llegó una ola de frío (la misma que hizo que nevara y apagó los incendios en las sierras del norte de Córdoba) y finalmente llovió (suavemente) una tarde y una noche completas, lo cual, en La Rioja, es tan raro como si en Rosario o Buenos Aires cayeran del cielo helados de frutilla al agua.
El viaje de ida estuvo exento de acontecimientos asombrosos, salvo la puntualidad con que partió y llegó el ómnibus. Tuvimos un viaje de vuelta accidentado, y ya van tres para mí desde enero de este año, y dos para Marisa conmigo, lo cual irracionalmente me hace pensar sobre la existencia de la suerte y si no debo encomendarme a algún santo, virgen, hada madrina, dios grecorromano o la Pachamama. Esta vez no fueron árboles caídos ni piquetes, sino una simple falla mecánica que se complicó.
Calculo, grosso modo, que recorrimos unos tres mil kilómetros en total, entre variados buses y una camioneta de excursiones, más unos pocos kilómetros a pie por calles y senderos, y algunos cientos de metros en sentido vertical tanto ascendente como descendente. Absorbí una considerable cantidad de luz solar y de arrope de miel, estropeé un trípode casi nuevo, me resigné a usar una gorra de los Mets que me dio Marisa para no insolarme, tomé unas mil cien fotos, y vi llamas, guanacos, maras y unos cinco o seis cóndores (con seguridad, tres, uno de ellos en jaula), con lo que la suerte saldó la deuda que tenía conmigo desde que fui a la Quebrada del Condorito en Córdoba y no sólo no vi una sola de estas aves sino que casi muero de frío.
A partir de mañana empiezo a contar las cosas, en orden. En serio.
Fueron unas vacaciones muy variadas, al menos climáticamente. En Chilecito, los primeros días los dedicamos sobre todo a pasear al aire libre, incluyendo dos subidas a pequeños cerros, nada terriblemente difícil pero sí cansador, y esto bajo un sol a pleno, con temperaturas de primavera avanzada, casi sin reparo en esas tierras donde la sombra no abunda. Después vino el zonda, o al menos algo parecido al zonda, que en vez de ser caliente resultó casi fresco, y que trajo una polvareda como nunca había visto antes. Y después llegó una ola de frío (la misma que hizo que nevara y apagó los incendios en las sierras del norte de Córdoba) y finalmente llovió (suavemente) una tarde y una noche completas, lo cual, en La Rioja, es tan raro como si en Rosario o Buenos Aires cayeran del cielo helados de frutilla al agua.
El viaje de ida estuvo exento de acontecimientos asombrosos, salvo la puntualidad con que partió y llegó el ómnibus. Tuvimos un viaje de vuelta accidentado, y ya van tres para mí desde enero de este año, y dos para Marisa conmigo, lo cual irracionalmente me hace pensar sobre la existencia de la suerte y si no debo encomendarme a algún santo, virgen, hada madrina, dios grecorromano o la Pachamama. Esta vez no fueron árboles caídos ni piquetes, sino una simple falla mecánica que se complicó.
Calculo, grosso modo, que recorrimos unos tres mil kilómetros en total, entre variados buses y una camioneta de excursiones, más unos pocos kilómetros a pie por calles y senderos, y algunos cientos de metros en sentido vertical tanto ascendente como descendente. Absorbí una considerable cantidad de luz solar y de arrope de miel, estropeé un trípode casi nuevo, me resigné a usar una gorra de los Mets que me dio Marisa para no insolarme, tomé unas mil cien fotos, y vi llamas, guanacos, maras y unos cinco o seis cóndores (con seguridad, tres, uno de ellos en jaula), con lo que la suerte saldó la deuda que tenía conmigo desde que fui a la Quebrada del Condorito en Córdoba y no sólo no vi una sola de estas aves sino que casi muero de frío.
A partir de mañana empiezo a contar las cosas, en orden. En serio.
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