
El hostel resultó ser bastante acogedor, una vieja casa con habitaciones que daban a una galería embaldosada y un pequeño espacio que no me atrevería a llamar un jardín. Había un gato grandote, sucio, entrometido, al que nos acostumbramos pronto. Fuimos a desayunar, nos dimos un baño, y después salimos a caminar Chilecito, cosa que resultó ligeramente agobiante porque el sol no daba tregua.
Pasamos por una feria donde golosamente compramos cosas que deberíamos haber dejado para el último día. Y nos fuimos de vuelta hacia el acceso y más allá de la terminal, donde yacen los restos de lo que fue la Estación Nº 1 del cablecarril que lleva a la antigua mina en la montaña, a lo alto del Famatina. Al menos ahí encontramos sombra.
Había un museo compuesto (al uso actual) de cosas disímiles olvidadas por el tiempo y agrupadas: herramientas, trozos de elementos del cablecarril, máquinas de escribir, planos del cablecarril en prolijo alemán (con pluma), fotos desleídas, y afuera, vagonetas de mineral apiladas, en diversos estadios de esa muerte que es la oxidación. El guía del museo fluctuaba entre la la coherencia y la inconsecuencia, entre la dicción fluida y en bajo tono del pueblerino riojano y el murmullo tartamudeante de quien está atrapado entre el turismo y la hora de la siesta.
Aprendimos que el Famatina tiene minerales de oro y uranio, entre muchos otros, y que ahora se lo saca de a poco en camiones, pero el cablecarril, si hoy alguien quisiera y aportara fondos para restituir partes robadas y perdidas, podría ponerse en marcha con pocos ajustes, ya que la empresa constructura ofreció una garantía comprobable de cien años. Supimos que el gobernador Beder Herrera primero prometió (en campaña) que no permitiría la explotación minera en el Famatina usando cianuro para procesar el oro, y después le dio vía libre a una gigantesca multinacional para hacerlo.

Con alfajores, galletas de dulce de pelón y un termo de agua para el mate a cuestas, fuimos a verle de cerca la cara a un gran Cristo blanco subido a un cerro que habíamos atisbado al llegar, y nos tomamos fotos junto a un par de altos cactus, exactamente como se supone que una pareja de turistas de la Pampa Húmeda haría. A lo lejos se escuchaba una cumbia, que salía (dedujimos después) del predio del Club Atlético Chilecito.
Y ésa fueron la mañana y la tarde del primer día.
jeje que buen viaje Pablo... además de Chilecito por donde anduviste? Las fotos y los paisajes son increibles.
ResponderBorrarUn abrazo