El sábado pasado fuimos al Teatro La Comedia a ver “La ciudad de los fotógrafos”, un documental de Sebastián Moreno sobre los fotorreporteros chilenos que se plantaron contra la dictadura de Pinochet y retrataron su violencia, a riesgo de su integridad y hasta de su vida. Su tarea comenzó cuando los primeros de ellos formaron la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI), para encontrar seguridad en el número y para tener, al menos, una credencial institucional que pudiera justificar su presencia en las protestas callejeras que pedían justicia, democracia y la aparición de los detenidos y secuestrados por el gobierno.
En Chile desaparecieron (oficialmente) casi 1.200 personas. La dictadura chilena no fue menos brutal que la argentina, pero el dictador fue más perversamente inteligente, y su poder, aunque disminuido, nunca se apagó del todo, ni siquiera con su muerte. Los argentinos sabemos poco y nada de esto, como de toda la historia de nuestros países vecinos, y en vista de nuestras vivencias similares, eso resulta una vergüenza. La ciudad de los fotógrafos viene a remediar en una pequeña parte esa ignorancia, más inexcusable incluso para Marisa y yo, fotógrafos aficionados.
Pudimos ver este film gracias a que nos apuntamos a la programación del 16º Festival Latinoamericano de Video, una de las joyas de la corona cultural de Rosario. Es difícil acceder a estas producciones si uno no entra en ese circuito; quien presta atención y desvía alguna vez la mirada del casi incesante torrente de basura que emiten la televisión y el cine comercial, no obstante, no tiene excusa para no enterarse. ¡Vayan y vean!
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domingo, 6 de septiembre de 2009
jueves, 9 de julio de 2009
Ángeles y Demonios
Al ir al cine, suele ser recomendable hacerlo con pocas expectativas respecto de la película, para no desilusionarse luego. Ángeles y Demonios no invalidó esta idea: esperaba muy poco de ella, y exactamente eso fue lo que recibí.
[Esta reseña contiene una mínima dosis de spoilers. Se han evitado revelar detalles específicos. Si el lector quiere ir a ver el film sin dejarse influir en absoluto, no debería leer esta crítica.]
Cuando critico, me gusta poner en una balanza lo bueno y lo malo. Entre otras cosas, da pie a un estilo narrativo más fluido, con contrapuntos y ponderaciones. Con Ángeles y Demonios, no obstante, siento que tal forma de escribir produciría un resultado sarcástico. Si dijera que el film tenía buen vestuario y buena escenografía pero un mal guión y un argumento aburrido, la impresión que quedaría es que se trata de una producción absolutamente superficial.
La verdad es dura, pero sin sarcasmo, así es. Ángeles y Demonios, filmada en Roma y en el Vaticano, con el fondo de la muerte de un Papa y de un cónclave de cardenales, despliega una fotografía impresionante, en una recorrida por la pompa y la majestad del centro del mundo católico en un momento sublime para los creyentes. Por otro lado, las escenas en el gigantesco acelerador de partículas, el CERN, al igual que las situadas en el Archivo Vaticano, carecen de ambiente definido, de color identificatorio, de gravitas. La capacidad del guionista para adjudicar sentimientos a los lugares es nula.
No voy a dedicarle muchas lamentaciones a la verosimilitud científica de la película. Se puede decir, a título informativo, que el CERN no tiene como misión producir antimateria; que la misma no requiere de procedimientos misteriosos o complicados para ser producida, pero sí bastante energía y por lo tanto mucho dinero; que la antimateria no es una fuente de energía ni puede serlo jamás; y que es verdad que la antimateria al aniquilarse con la materia puede producir una tremenda explosión, aunque de momento no hay manera de producir una "bomba" portátil con ella. La "Partícula de Dios" de la cual se habla en el film no tiene nada que ver con la antimateria, y a nadie en el Vaticano le ha preocupado ese nombre de fantasía.
La cuestión histórica (asunto que sí molestó a la Iglesia Católica) va por otro lado. El film es de ficción y nunca se ha promocionado de otra forma, aunque es entendible que muchos espectadores hayan salido del cine con ideas bastante equivocadas. La ya bien conocida incapacidad de la Iglesia Católica para tolerar (cualquier cosa que se parezca a) críticas se ha combinado con la falta de sentido del humor característica de los fanáticos de toda clase para hacer de Ángeles y Demonios un blanco inmerecido de acusaciones de que es "anticatólica". La verdad es que la película deja demasiado bien parada a la Iglesia y a su jerarquía. Ni siquiera se le permiten al personaje de Robert Langdon más que unos farfullos de tinte agnóstico para justificar su no-catolicidad (casi como para darle aliento a los seguidores de la teología apofática), y de los católicos que aparecen en la película, los más rígidos e intolerantes terminan siendo los buenos.
En cuanto a la trama, se da el caso curioso de que es a la vez demasiado simple y demasiado complicada. El sistema por el cual los protagonistas siguen pistas simbólicas por la Ciudad Eterna resulta rebuscado, esquemático, un artificio digno de una historia de detectives juveniles (y enfatizado con gestos y exclamaciones del mismo género por parte de los protagonistas). Los malos tienen recursos físicos y mentales interminables, y han contado con todas las eventualidades. Los buenos también, hasta el punto en que el elaboradísimo engaño puede ser resuelto por un profesor de simbología religiosa y una física que además y por casualidad tiene unos sorprendentes conocimientos de medicina forense. Con excepción de unas trampas obvias, todo está en el lugar correcto, todo está limpio, apuntando donde debe, y todo es predecible. Tan predecible, tan fácil es todo, que la tensión en Ángeles y Demonios es puramente accidental: si el investigador hubiera comenzado su tarea 15 minutos antes, toda la trama criminal laboriosamente articulada se habría venido abajo.
De improbabilidades y cuestiones infinitesimales de detalle similares cuelga toda la película, y el final no hace sino rizar el rizo. Ángeles y Demonios es una aparatosa máquina de Rube Goldberg cuyo producto final es aburrido y trivial: los malos son derrotados en el último minuto y, literalmente, no hay nada nuevo bajo el sol.
[Esta reseña contiene una mínima dosis de spoilers. Se han evitado revelar detalles específicos. Si el lector quiere ir a ver el film sin dejarse influir en absoluto, no debería leer esta crítica.]
Cuando critico, me gusta poner en una balanza lo bueno y lo malo. Entre otras cosas, da pie a un estilo narrativo más fluido, con contrapuntos y ponderaciones. Con Ángeles y Demonios, no obstante, siento que tal forma de escribir produciría un resultado sarcástico. Si dijera que el film tenía buen vestuario y buena escenografía pero un mal guión y un argumento aburrido, la impresión que quedaría es que se trata de una producción absolutamente superficial.
La verdad es dura, pero sin sarcasmo, así es. Ángeles y Demonios, filmada en Roma y en el Vaticano, con el fondo de la muerte de un Papa y de un cónclave de cardenales, despliega una fotografía impresionante, en una recorrida por la pompa y la majestad del centro del mundo católico en un momento sublime para los creyentes. Por otro lado, las escenas en el gigantesco acelerador de partículas, el CERN, al igual que las situadas en el Archivo Vaticano, carecen de ambiente definido, de color identificatorio, de gravitas. La capacidad del guionista para adjudicar sentimientos a los lugares es nula.
No voy a dedicarle muchas lamentaciones a la verosimilitud científica de la película. Se puede decir, a título informativo, que el CERN no tiene como misión producir antimateria; que la misma no requiere de procedimientos misteriosos o complicados para ser producida, pero sí bastante energía y por lo tanto mucho dinero; que la antimateria no es una fuente de energía ni puede serlo jamás; y que es verdad que la antimateria al aniquilarse con la materia puede producir una tremenda explosión, aunque de momento no hay manera de producir una "bomba" portátil con ella. La "Partícula de Dios" de la cual se habla en el film no tiene nada que ver con la antimateria, y a nadie en el Vaticano le ha preocupado ese nombre de fantasía.
La cuestión histórica (asunto que sí molestó a la Iglesia Católica) va por otro lado. El film es de ficción y nunca se ha promocionado de otra forma, aunque es entendible que muchos espectadores hayan salido del cine con ideas bastante equivocadas. La ya bien conocida incapacidad de la Iglesia Católica para tolerar (cualquier cosa que se parezca a) críticas se ha combinado con la falta de sentido del humor característica de los fanáticos de toda clase para hacer de Ángeles y Demonios un blanco inmerecido de acusaciones de que es "anticatólica". La verdad es que la película deja demasiado bien parada a la Iglesia y a su jerarquía. Ni siquiera se le permiten al personaje de Robert Langdon más que unos farfullos de tinte agnóstico para justificar su no-catolicidad (casi como para darle aliento a los seguidores de la teología apofática), y de los católicos que aparecen en la película, los más rígidos e intolerantes terminan siendo los buenos.
En cuanto a la trama, se da el caso curioso de que es a la vez demasiado simple y demasiado complicada. El sistema por el cual los protagonistas siguen pistas simbólicas por la Ciudad Eterna resulta rebuscado, esquemático, un artificio digno de una historia de detectives juveniles (y enfatizado con gestos y exclamaciones del mismo género por parte de los protagonistas). Los malos tienen recursos físicos y mentales interminables, y han contado con todas las eventualidades. Los buenos también, hasta el punto en que el elaboradísimo engaño puede ser resuelto por un profesor de simbología religiosa y una física que además y por casualidad tiene unos sorprendentes conocimientos de medicina forense. Con excepción de unas trampas obvias, todo está en el lugar correcto, todo está limpio, apuntando donde debe, y todo es predecible. Tan predecible, tan fácil es todo, que la tensión en Ángeles y Demonios es puramente accidental: si el investigador hubiera comenzado su tarea 15 minutos antes, toda la trama criminal laboriosamente articulada se habría venido abajo.
De improbabilidades y cuestiones infinitesimales de detalle similares cuelga toda la película, y el final no hace sino rizar el rizo. Ángeles y Demonios es una aparatosa máquina de Rube Goldberg cuyo producto final es aburrido y trivial: los malos son derrotados en el último minuto y, literalmente, no hay nada nuevo bajo el sol.
martes, 30 de junio de 2009
On the Beach
Continuando con las reseñas de películas distópicas, les vengo a contar ahora sobre On the Beach ("En la playa"), un film de 1959, en blanco y negro, con las apariciones estelares de Gregory Peck, Ava Gardner y Fred Astaire.

En el puerto, los protagonistas.
On the Beach es una película que llamaríamos pre- y post-apocalíptica. El apocalipsis (la guerra nuclear total) ya ha ocurrido, pero sus efectos finales todavía no han llegado a los protagonistas. El comandante Dwight Lionel Towers, del submarino nuclear estadounidense USS Sawfish, arriba a Australia escapando de la destrucción completa que se ha abatido sobre el hemisferio norte, donde las ciudades que no han sido bombardeadas están envenenadas por la radiación. Las partículas radioactivas que flotan en la atmósfera están siendo llevadas por el viento, inexorablemente, hacia el sur. Cuando lleguen allí, lo último que queda de la especie humana en la Tierra morirá.
Entretanto, sin embargo, los australianos acogen a los sobrevivientes que llegan por mar, brindándoles un sitio para resistir por unos meses. La próxima (y última) misión del USS Sawfish será navegar de vuelta al norte y buscar el origen de una señal de auxilio que parte de San Francisco, donde no debería haber nadie vivo.

Buscando señales de sobrevivientes.
Mientras la tripulación descansa por unos días en tierra, el comandante Towers conoce a Moira Davidson, una mujer madura que se dedica a seducirlo por diversión, pero con el tiempo se enamora de él. Towers debe aceptar que su mujer e hijos, que quedaron en Estados Unidos, han muerto. Julian Osborne, antiguo amor de Moira, científico y corredor de autos por placer, partirá luego junto con Towers en el submarino.

Dwight y Moira, en la playa.
En medio de esta historia tenemos también la del joven teniente Peter Holmes y su esposa, Mary, que se niega a aceptar el hecho de que su marido debe marcharse en una misión y que quizá no llegue a tiempo para ver de nuevo a su mujer y su pequeña hija.

Peter enfrenta a Mary con la verdad.
La expedición a San Francisco vuelve sin los resultados esperados. Towers llegará de vuelta justo a tiempo para despedirse de su amor, y Osborne se dará el gusto de correr el último Gran Premio de Australia en su Ferrari.

Investigando en San Francisco.
Cerca del fin, el gobierno comienza a distribuir gratuitamente píldoras de suicidio, para que los ciudadanos que así lo deseen pueda acabar sus vidas sin sufrir los terribles efectos del envenenamiento radioactivo.

La gente hace cola para recibir sus píldoras.
No les contaré el final, aunque no es nada sorprendente.
On the Beach es una muy buena película. Que pudiera filmarse en el apogeo de la Guerra Fría, pintando un panorama tan realista de los resultados de una guerra nuclear y de la alocada carrera armamentística, y sin una sola alusión patriótica o anticomunista, es en sí mismo un logro. Las historias que se entrelazan en el argumento son buenas, no caen en el melodrama ni en la frialdad. La fotografía es tan buena que la falta de color no se extraña en absoluto, y los efectos especiales son pocos y apenas los necesarios. No hay flashbacks ni adelantos.
On the Beach es lineal, y ésa es su fuerza; prescinde totalmente de la sorpresa barata y de la falsa emoción contenida que una historia menor requeriría. Desde el principio uno sabe que todo está muy mal en el mundo, y que no puede sino empeorar; uno puede ver que los amores y redenciones de los personajes son sólo un oasis, la última chispa de vitalidad (que no de esperanza) de la raza humana.
En el puerto, los protagonistas.
On the Beach es una película que llamaríamos pre- y post-apocalíptica. El apocalipsis (la guerra nuclear total) ya ha ocurrido, pero sus efectos finales todavía no han llegado a los protagonistas. El comandante Dwight Lionel Towers, del submarino nuclear estadounidense USS Sawfish, arriba a Australia escapando de la destrucción completa que se ha abatido sobre el hemisferio norte, donde las ciudades que no han sido bombardeadas están envenenadas por la radiación. Las partículas radioactivas que flotan en la atmósfera están siendo llevadas por el viento, inexorablemente, hacia el sur. Cuando lleguen allí, lo último que queda de la especie humana en la Tierra morirá.
Entretanto, sin embargo, los australianos acogen a los sobrevivientes que llegan por mar, brindándoles un sitio para resistir por unos meses. La próxima (y última) misión del USS Sawfish será navegar de vuelta al norte y buscar el origen de una señal de auxilio que parte de San Francisco, donde no debería haber nadie vivo.
Buscando señales de sobrevivientes.
Mientras la tripulación descansa por unos días en tierra, el comandante Towers conoce a Moira Davidson, una mujer madura que se dedica a seducirlo por diversión, pero con el tiempo se enamora de él. Towers debe aceptar que su mujer e hijos, que quedaron en Estados Unidos, han muerto. Julian Osborne, antiguo amor de Moira, científico y corredor de autos por placer, partirá luego junto con Towers en el submarino.
Dwight y Moira, en la playa.
En medio de esta historia tenemos también la del joven teniente Peter Holmes y su esposa, Mary, que se niega a aceptar el hecho de que su marido debe marcharse en una misión y que quizá no llegue a tiempo para ver de nuevo a su mujer y su pequeña hija.
Peter enfrenta a Mary con la verdad.
La expedición a San Francisco vuelve sin los resultados esperados. Towers llegará de vuelta justo a tiempo para despedirse de su amor, y Osborne se dará el gusto de correr el último Gran Premio de Australia en su Ferrari.
Investigando en San Francisco.
Cerca del fin, el gobierno comienza a distribuir gratuitamente píldoras de suicidio, para que los ciudadanos que así lo deseen pueda acabar sus vidas sin sufrir los terribles efectos del envenenamiento radioactivo.
La gente hace cola para recibir sus píldoras.
No les contaré el final, aunque no es nada sorprendente.
On the Beach es una muy buena película. Que pudiera filmarse en el apogeo de la Guerra Fría, pintando un panorama tan realista de los resultados de una guerra nuclear y de la alocada carrera armamentística, y sin una sola alusión patriótica o anticomunista, es en sí mismo un logro. Las historias que se entrelazan en el argumento son buenas, no caen en el melodrama ni en la frialdad. La fotografía es tan buena que la falta de color no se extraña en absoluto, y los efectos especiales son pocos y apenas los necesarios. No hay flashbacks ni adelantos.
On the Beach es lineal, y ésa es su fuerza; prescinde totalmente de la sorpresa barata y de la falsa emoción contenida que una historia menor requeriría. Desde el principio uno sabe que todo está muy mal en el mundo, y que no puede sino empeorar; uno puede ver que los amores y redenciones de los personajes son sólo un oasis, la última chispa de vitalidad (que no de esperanza) de la raza humana.
jueves, 18 de junio de 2009
Logan's Run
Continuando con mi plan de ver las 50 mejores películas distópicas de todos los tiempos, el otro día me senté a ver Logan's Run, un clásico de la ciencia ficción de 1976, que se conoció en español con el espantoso (como es habitual) nombre de Fuga en el siglo XXIII.
En un futuro post-apocalíptico, la gente vive en una ciudad bajo un gran domo o cúpula. Tienen un cristal implantado en la palma de la mano derecha, que cambia de color según la edad. Al acercarse a los 30 años, el cristal, hasta entonces rojo, comienza a parpadear. A partir de entonces, la persona tiene sólo dos opciones: participar de la ceremonia del Carrusel, o intentar huir. En el Carrusel, los participantes son elevados por el aire y vaporizados, creyendo que podrán ser "renovados". Para evitar la huida de los pocos que no se creen esta historia están los Sandmen, cuerpo policial de los cuales Logan, el protagonista, forma parte.


No voy a continuar con una sinopsis aquí, pero basta saber que, a disgusto, Logan terminará huyendo de la ciudad, junto con una mujer que acaba de conocer (Jessica), y perseguido por su amigo Francis saldrán de la ciudad y lograrán finalmente develar la verdad a sus habitantes.
La premisa básica del film (la muerte de los mayores de cierta edad en una ciudad cerrada) fue tomada de la novela homónima, que por lo demás difería bastante en todo lo demás. Es una buena premisa, no enteramente nueva pero sí sencilla y poderosa. La inclusión de la cuasi-religiosa ceremonia del Carrusel es un buen toque, al igual que el shock del encuentro con el mundo exterior.

Logan's Run no tuvo buena recepción crítica. Algunos dijeron que era floja pero entretenida; otros la descalificaron totalmente. En realidad, aunque hay unos cuantos momentos buenos, como la ceremonia del Carrusel, la reacción de Logan y su compañera ante la primera visión del mundo exterior, y la actuación de Peter Ustinov como "el viejo", el resto puede ser tedioso. Los actores (con la excepción mencionada de Ustinov) son inexpresivos y sus relaciones parecen fingidas e inmotivadas. La trama está bastante bien construida pero falla terriblemente al final, sea porque los realizadores quisieron evitar prolongar el desenlace más allá de las dos horas de película, sea porque necesitaban un final "feliz" aunque fuera totalmente traído de los pelos.

La ambientación y los efectos especiales son un tema aparte. Incluso en 1976 era posible crear maquetas de ciudades que no parecieran de juguete a primera vista, como las que impiadosamente abren las tomas de la ciudad bajo el domo. Dejando aparte las risas que causan hoy las blusas sueltas masculinas y los peinados a base de agua oxigenada y spray de los '70, es difícil creer, en una sociedad como la mostrada, que todo el mundo aceptaría vestirse con el mismo tipo de ropa y toda ella del mismo color (que tampoco es posible elegir). El "Circuito" en el cual la gente se pone a disposición para tener relaciones sexuales con otros es una mezcla bizarra entre un servicio de citas en red y un teletransportador estilo Star Trek que no se utiliza en ninguna otra parte. Y la forma en que se muestran los disparos de las armas usadas por los Sandmen, en las que se ve salir fuego verde del cañón y luego brota una explosión de fuegos artificiales en el punto de llegada...
Uno quizá no puede exigirle tanto a algo que se filmó hace 33 años y sin los inmensos presupuestos que se manejan hoy en día, pero recordemos que Logan's Run es posterior a la serie original de Star Trek y casi contemporánea de Star Wars.
De todas formas, fue divertido ver esta película. Yo la había visto, probablemente por televisión, hace añares, y recordaba sólo algunas escenas clave. Me dio gusto poder apreciar ahora este argumento interesante, ya clásico en el género, aun con todas sus fallas.
En un futuro post-apocalíptico, la gente vive en una ciudad bajo un gran domo o cúpula. Tienen un cristal implantado en la palma de la mano derecha, que cambia de color según la edad. Al acercarse a los 30 años, el cristal, hasta entonces rojo, comienza a parpadear. A partir de entonces, la persona tiene sólo dos opciones: participar de la ceremonia del Carrusel, o intentar huir. En el Carrusel, los participantes son elevados por el aire y vaporizados, creyendo que podrán ser "renovados". Para evitar la huida de los pocos que no se creen esta historia están los Sandmen, cuerpo policial de los cuales Logan, el protagonista, forma parte.

Logan (a la derecha de la foto) con su amigo Francis. Nótese la diferencia entre los uniformes de Sandmen que visten, y las ropas de color del resto de las personas, indicativas de su edad.

Las próximas víctimas del Carrusel, ataviadas para la ocasión.
No voy a continuar con una sinopsis aquí, pero basta saber que, a disgusto, Logan terminará huyendo de la ciudad, junto con una mujer que acaba de conocer (Jessica), y perseguido por su amigo Francis saldrán de la ciudad y lograrán finalmente develar la verdad a sus habitantes.
La premisa básica del film (la muerte de los mayores de cierta edad en una ciudad cerrada) fue tomada de la novela homónima, que por lo demás difería bastante en todo lo demás. Es una buena premisa, no enteramente nueva pero sí sencilla y poderosa. La inclusión de la cuasi-religiosa ceremonia del Carrusel es un buen toque, al igual que el shock del encuentro con el mundo exterior.

Logan y su compañera de huida, Jessica, viendo el sol por primera vez.
Logan's Run no tuvo buena recepción crítica. Algunos dijeron que era floja pero entretenida; otros la descalificaron totalmente. En realidad, aunque hay unos cuantos momentos buenos, como la ceremonia del Carrusel, la reacción de Logan y su compañera ante la primera visión del mundo exterior, y la actuación de Peter Ustinov como "el viejo", el resto puede ser tedioso. Los actores (con la excepción mencionada de Ustinov) son inexpresivos y sus relaciones parecen fingidas e inmotivadas. La trama está bastante bien construida pero falla terriblemente al final, sea porque los realizadores quisieron evitar prolongar el desenlace más allá de las dos horas de película, sea porque necesitaban un final "feliz" aunque fuera totalmente traído de los pelos.

Logan y Jessica frente al monumento a Lincoln, asombrados por los rasgos de un rostro de edad madura, que nunca han visto antes.
La ambientación y los efectos especiales son un tema aparte. Incluso en 1976 era posible crear maquetas de ciudades que no parecieran de juguete a primera vista, como las que impiadosamente abren las tomas de la ciudad bajo el domo. Dejando aparte las risas que causan hoy las blusas sueltas masculinas y los peinados a base de agua oxigenada y spray de los '70, es difícil creer, en una sociedad como la mostrada, que todo el mundo aceptaría vestirse con el mismo tipo de ropa y toda ella del mismo color (que tampoco es posible elegir). El "Circuito" en el cual la gente se pone a disposición para tener relaciones sexuales con otros es una mezcla bizarra entre un servicio de citas en red y un teletransportador estilo Star Trek que no se utiliza en ninguna otra parte. Y la forma en que se muestran los disparos de las armas usadas por los Sandmen, en las que se ve salir fuego verde del cañón y luego brota una explosión de fuegos artificiales en el punto de llegada...
Uno quizá no puede exigirle tanto a algo que se filmó hace 33 años y sin los inmensos presupuestos que se manejan hoy en día, pero recordemos que Logan's Run es posterior a la serie original de Star Trek y casi contemporánea de Star Wars.
De todas formas, fue divertido ver esta película. Yo la había visto, probablemente por televisión, hace añares, y recordaba sólo algunas escenas clave. Me dio gusto poder apreciar ahora este argumento interesante, ya clásico en el género, aun con todas sus fallas.
lunes, 13 de abril de 2009
Silent Running
Hace meses Microsiervos publicó un artículo sobre las 50 mejores películas distópicas de todos los tiempos (referenciando un Top 50 elegido por un promedio de calificaciones de los fans). Unas cuantas ya las había visto; otras me eran desconocidas, y me puse a la tarea de verlas todas, o al menos las que me sonaran más interesantes. Silent Running, de 1972, está en el puesto 37.

Freeman Lowell, el protagonista (por Bruce Dern)

La Valley Forge alejándose del lado nocturno de Saturno

Lowell enseñando a los robots Huey y Dewey a plantar un árbol
Silent Running es una historia de ciencia ficción situada en un futuro quizá no demasiado lejano en que los bosques y selvas han desaparecido de la Tierra, presumiblemente conquistada por el cemento urbano. Lo que queda de ellas está en órbita cerca de Saturno en una serie de jardines acoplados a naves espaciales. Desafortunadamente, la preservación de las selvas no es una prioridad económica. Ante la orden de destruir los jardines y devolver las naves a usos comerciales, el especialista en botánica de una de ellas se rebela y... bueno, no voy a contar lo que sigue, pero el mensaje final es a la vez triste y esperanzador.
La película es bastante buena en cuando a lo visual (considerando su edad) y razonablemente buena en lo actoral. Hay silencios, hay gestos ambiguos, hay poca violencia, nada de sexo, nada de monstruos ni efectos especiales multimillonarios. Silent Running tiene algunos puntos flojos en lo argumental y no pocos aspectos inverosímiles en lo científico, pero merece ser vista. En otro contexto yo no la hubiera considerado, pero su ingenuidad en ningún momento oscurece su mensaje, sencillo y contundente, ni le quita fuerza a los interrogantes morales que plantea.
Freeman Lowell, el protagonista (por Bruce Dern)
La Valley Forge alejándose del lado nocturno de Saturno
Lowell enseñando a los robots Huey y Dewey a plantar un árbol
Silent Running es una historia de ciencia ficción situada en un futuro quizá no demasiado lejano en que los bosques y selvas han desaparecido de la Tierra, presumiblemente conquistada por el cemento urbano. Lo que queda de ellas está en órbita cerca de Saturno en una serie de jardines acoplados a naves espaciales. Desafortunadamente, la preservación de las selvas no es una prioridad económica. Ante la orden de destruir los jardines y devolver las naves a usos comerciales, el especialista en botánica de una de ellas se rebela y... bueno, no voy a contar lo que sigue, pero el mensaje final es a la vez triste y esperanzador.
La película es bastante buena en cuando a lo visual (considerando su edad) y razonablemente buena en lo actoral. Hay silencios, hay gestos ambiguos, hay poca violencia, nada de sexo, nada de monstruos ni efectos especiales multimillonarios. Silent Running tiene algunos puntos flojos en lo argumental y no pocos aspectos inverosímiles en lo científico, pero merece ser vista. En otro contexto yo no la hubiera considerado, pero su ingenuidad en ningún momento oscurece su mensaje, sencillo y contundente, ni le quita fuerza a los interrogantes morales que plantea.
jueves, 2 de octubre de 2008
"La próxima estación", de Pino Solanas
Imágenes del ferrocarril. Todas estas fotos fueron tomadas por mí en distintos lugares de Rosario, donde el tren queda sobre todo como recuerdo.







El martes fui a ver La próxima estación, el documental de Fernando "Pino" Solanas sobre la historia de los ferrocarriles en Argentina y su esperada (pero por ahora no muy posible) reconstrucción. Pino es una figura del cine nacional, director de unas cuantas películas de denuncia, que confieso no haber visto, además de activista político. En los '90 fue diputado, y en las últimas elecciones fue candidato a presidente por Proyecto Sur.Estación Central Córdoba (abandonada)
Patio Parada (área de maniobras de trenes de carga del NCA)
Estación Rosario Oeste (abandonada)
Estación Rosario Norte
Locomotora en Av. Rivadavia y Rodríguez, Barrio Pichincha
Estación Antártida Argentina, ex Fisherton (abandonada)
Estación Rosario Norte
La película es un llamado a la acción tanto como un documental, y como tal hay que tener en cuenta los recursos que Pino utiliza, su trasfondo, las cosas que dice y que no dice. Es una buena película, y casi con seguridad 99 de cada 100 personas que entren al cine a verla saldrán con más y mejor información sobre los trenes argentinos. La historia, no obstante, tiene sus huecos, y desde allí el interesado deberá proseguir su investigación fuera del cine.
La próxima estación comienza hablando del poco conocido origen del ferrocarril estatal, pronto opacada por las inversiones de las compañías británicas y francesas. Estas últimas, luego de asegurarse increíbles beneficios fiscales, construyeron una inmensa red ferroviaria cuyo propósito era sobre todo llevar productos primarios desde el "interior" del país hacia los puertos del litoral y Buenos Aires, con rapidez, seguridad y bajo costo. Después se crearon los "ferrocarriles de fomento" estatales, que llegaban a lugares que no tenían interés económico para las empresas privadas.
Después vino Juan Domingo Perón, que nacionalizó y reorganizó los trenes, impulsó la industria ferroviaria nacional, y expandió la red uniendo al país. Fue una Edad de Oro en que la sustitución de importaciones dio oficio y trabajo a millones.
Cuando en 1955 un golpe de estado derrocó a Perón, comenzó la destrucción del ferrocarril nacional y popular. Se comenzó a apoyar el transporte automotor y se descuidó la modernización de los trenes. Cada dictadura y gobierno democrático posterior puso su granito de arena para dejarnos sin tren, hasta que el nunca demasiado vituperado Carlos Menem barrió con lo que quedaba, transfirió las empresas federales de trenes a los estados provinciales, que no podían costearlos, y privatizó casi todo lo que quedaba, con el argumento de que los ferrocarriles estatales daban pérdida y las empresas privadas podían hacerlo moderno y eficiente. Eso, por supuesto, nunca ocurrió, y hoy en día las empresas de trenes privados dan un servicio que hubiera avergonzado a los ferroviarios de hace cincuenta años, y reciben subsidios monstruosos que obviamente no invierten ni siquiera en mantenimiento.
Mientras esto ocurre, el 80% del tráfico de carga del país y casi todo el tráfico de pasajeros (fuera del Gran Buenos Aires) circula en autos, ómnibus y camiones, gastando increíbles cantidades de combustible fósil cada vez más caro de manera ineficiente, contaminando el aire, atascando rutas y causando accidentes fatales a un ritmo espantoso. Y en vez de promover un tren barato y eficiente, el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner intentan gastar miles de millones de nuestro dinero en un "tren bala" en el cual sólo podrán viajar los ricos de las tres más grandes ciudades del país.
Hay mucho más que ver en La próxima estación. Hay increíbles conversaciones con funcionarios públicos a los que sólo les falta reírse en la cara de Solanas (y de todos nosotros). Hay fotos de archivo de políticos oportunistas que hoy pasan por progresistas y que hace diez años aplaudían el neoliberalismo de Carlos Menem. Hay vistas de inmensos depósitos de material ferroviario carísimo, todavía en condiciones de ser reparado, que nadie controla, que se oxida o que algunos se roban de a miles de toneladas con pleno conocimiento de las autoridades. Hay empleados ferroviarios emocionados, pueblos fantasmas que ya no tienen sino una estación de tren vacía, y más todavía.
Lo que mejor logra transmitir Pino en esta película, además de la lógica indignación y del romanticismo del tren, es una idea que se repite: que los "servicios públicos" son exactamente eso, servicios a los que el pueblo tiene derecho porque son suyos, porque fueron construidos o adquiridos con el dinero del estado, que somos nosotros. Somos herederos de una riqueza material de increíbles proporciones, y los gobiernos y las empresas no tienen derecho a ella más que como administradores. Solanas lo remacha una y otra vez: los trenes son nuestros, es nuestra obligación y nuestro derecho el que sean cuidados, mantenidos y recuperados.
¿Y los huecos? Hay uno grande, muy grande, y es el rol del peronismo en toda esta historia. Solanas tiene su corazoncito peronista después de todo, y se nota. El sindicalismo de los gremios ferroviarios, que se vendió a Carlos Menem y que traicionó a los trabajadores y nos dejó sin trenes, es el mismo que Perón crió, al que le dio forma quitándole los elementos izquierdistas que pudieran serle desleales y dejando una estructura corporativa con jefes cuasi-mafiosos, que pudieran ser comprados. La historia se repitió con Menem, y lo confirman los ferroviarios entrevistados, que son todos delegados gremiales.
Durante la película se nos va formando, a los que no somos del palo, la imagen de los ferroviarios como una gran familia, una logia, con una mística propia, que incluye tanto la improvisación técnica típicamente argentina (esa capacidad de adaptación a la falta de recursos y a la dejadez que hace que tantas cosas, en este país descuidado, funcionen con tan poco) como la asamblea y el paro, el bloqueo de vías, la intimidación, las marcas del sindicalismo combativo en un país que desgraciadamente ha hecho peleadores a los trabajadores. Esta clase de movimiento respeta a líderes fuertes que puedan golpear y proteger a los suyos. Es la misma dinámica que rige a los que se robaron el ferrocarril, una dinámica de tribu, de mafia. Con un establishment corrupto hasta la médula como tenemos en Argentina, la mafia más poderosa siempre va a ganar.
Por ese camino no se va a recuperar el tren, pero Solanas considera esta lucha por migajas como una gesta, y porque nos damos cuenta, su incitación a seguir luchando y su ingenua profecía de que "el tren va a volver" deja un sabor más amargo que el de la mera indignación.
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