lunes, 2 de marzo de 2009

Uruguay 2009, parte 8: Llegada a La Paloma

Terminal de La Paloma (by pablodf)El 4 de febrero por la mañana nos despedimos del hostel montevideano que nos había alojado durante tres noches, de las calles de la Ciudad Vieja y de la amplia metrópolis capitalina. El viaje duró bastante y, para mi decepción, apenas si pudimos ver el mar en algún punto. Sin pena ni gloria pasaron de largo los suburbios de Punta del Este; casi dos horas después entramos a Rocha, capital del departamento homónimo, y al rato bajamos en la pequeña terminal de La Paloma.

Como ya es automático para nosotros, pedimos un mapa y preguntamos por nuestro hostel, adonde nos dirigimos a pie. Por cuestiones de disponibilidad primero y de precio después, en La Paloma no nos había quedado otro remedio que reservar lugar en una habitación compartida (lo que se llama un "dormi"). Mi experiencia hostelera en ese sentido era más o menos variada, pero no me había preparado para esto: una habitación mixta con cinco camas cuchetas, bajas y con aspecto poco firme, con los colchones más delgados que se hayan visto, y unos lockers pequeños, todo lo cual se llenó demasiado pronto de gente. La gente que elige dormir en habitaciones compartidas mixtas de bajo precio suele venir con abundante equipaje y disponer de él libremente en el espacio (vale decir, había inmensas mochilas desparramadas en el centro de la habitación todo el tiempo).

El lugar tenía un staff reducido, por no decir dos personas (en todos los turnos y no simultáneamente), y también era reducido en otros dos aspectos importantísimos para un hostel: los baños y la cocina. Ésta última era tan pequeña que dos personas no podían entrar al mismo tiempo, y no tenía mucho equipo, aunque por fortuna funcionaba bien. En cuanto a los baños, eran pocos y como es lógico no estaban limpios, ya que entre tanta gente alojada siempre debe haber algún que otro sucio. Mi primera ducha (ansiada) fue con agua fría; para la segunda tuve la precaución de levantarme temprano, antes que el agua caliente se agotara.

Los hombres al menos teníamos la ventaja de la rapidez; algunas de las mujeres se las arreglaban para tardar media hora cada una o más, con lo cual se formaban colas de espera (pregúntenle a Marisa si quieren saber). Naturalmente las mujeres emergían del baño como del salón de belleza, lo cual me confirma que a veces los hombres somos demasiado perezosos para tomarnos nuestro tiempo, aunque en estos casos la dejadez ayuda a evitar el mal rato. (Mis impublicables autorretratos de esos días confirman que me olvidé completamente de peinarme, afeitarme y elegir la ropa una vez que salí de Montevideo.)

Patio (by pablodf) No quiero castigar con todo al hostel, ya que había unas cuantas cosas buenas en él. En primer lugar, era barato y estaba bien situado. Por más delgados que fueran los colchones, se podía dormir en ellos. El desayuno no sólo era abundante sino variado: café (con o sin leche) y medialunas o bizcochos con mermelada para los tradicionales, jugos y rebanadas de sandía fresca para los demás, todo desparramado con generosidad en una mesa de pool cubierta. Afuera había sillas para desayunar mirando la calle, y dentro un gran patio cubierto por una parra densa (un refugio para las horas de sol), y una hamaca paraguaya.

Me adelanto, no obstante. El primer día, como dije, llegamos después de un viaje un poco largo, así que dejamos rápidamente las mochilas y fuimos a comer al lugar más cercano que habíamos visto: un barcito o carrito cruzando la calle de la terminal, donde nos sirvieron un sandwich de algo que era milanesa de nombre, aunque no de aspecto ni de textura, y que se notaba empapado en un aceite antiquísimo. Mis crónicos problemas digestivos no hicieron su aparición, como no lo habían hecho antes ni lo hicieron hasta después de que retorné de las vacaciones, signo claro de que el trabajo no sólo no es salud sino que debería estar contraindicado.

Después de esperar un plazo prudencial nos fuimos a la playa, nuestro primer encuentro con el mar verdadero aquí en Uruguay (como ya he dicho, en Montevideo el río es prácticamente mar, pero es un tecnicismo), y allá fui, según Marisa "como un chico", lo cual es perfectamente comprensible. A ella le gusta el mar pero más bien para mirarlo y escucharlo; yo tengo que meterme en el agua y de ser posible ser golpeado, arrastrado, zarandeado, rudamente acunado por ella para sentirla.

El refugio (by pablodf)

Mi pequeño secreto es que era la primera vez que me metía al mar. Cuando chico nunca vacacionamos, como tantas otras familias argentinas, en Mar del Plata o Mar de Ajó o San Clemente del Tuyú; cuando adolescente ya no vacacionamos; cuando, más de grande, tuve mi propio trabajo y la capacidad de disponer de mi dinero y de hacer mis propios planes, nunca se me ocurrió poner rumbo al mar sino al bosque tupido o a las montañas o al desierto. Así que ahí estaba, 32 años y pisando por primera vez la arena empapada, sintiendo la espuma ir y venir sobre mis pies, el golpe fresco y la bienvenida brusca de las olas rompientes, la sal en la boca. Si alguna vez llego a acostumbrarse, dejaré de ser un chico ante el mar y seré un simple bañista, pero eso no va a ocurrir en un futuro próximo.

El viento sopla siempre aquí, y no era cosa sencilla quedarse en la playa esperando que el sol lo secara a uno. Después de unos cuantos chapuzones, volvimos a la ciudad, paseamos, compramos comida, fuimos al hostel, nos abrigamos. Bajamos a la playa a ver el atardecer y nos quedamos allí, dos enamorados mirando el sol y las olas, exactamente como lo deben haber hecho incontables parejas en incontables atardeceres desde que el mundo es mundo.

Ocultamiento del esplendor (by pablodf)

Continuará...

1 comentario:

  1. Buscando información sobre las playas de uruguay llegué a este espacio, me gustaron mucho tus crónicas y voy a usarlas como fuente de información.

    Saludos!

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