miércoles, 17 de septiembre de 2008

Vacaciones: El Cañón de Talampaya

Dos días después de nuestro frustrado primer intento, ¡finalmente llegamos al Parque Nacional Talampaya y pudimos entrar! Para esto era que habíamos venido de vacaciones a La Rioja, así que estábamos exultantes.

Cañón de Talampaya

El clima había cambiado. Estaba nublado y bastante fresco, y el guía nos advirtió que no estuviéramos tan felices porque había la posibilidad de que lloviera, aunque remota. Cometí el error de no llevar más ropa de abrigo que la que tenía puesta...

Cañón de Talampaya
Paredes del cañón, con derrumbes (aquí suele haber terremotos)

Marisa helada
Marisa muerta de frío (como yo)
El recorrido se hizo corto. La Cuesta de Miranda no estaba esplendorosa bajo el sol, como el martes anterior, sino oscura, los colores profundos apagados por las nubes. Llegamos a la puerta del parque, nos registramos, y después hicimos 12 km hacia adentro. El Parque Nacional Talampaya es inmenso (2.150 km² si mal no recuerdo) pero la parte turística, visitable, es sólo el cañón formado por el río Talampaya, seco casi todo el año, con rocas moldeadas por la erosión del viento.

Llegamos al cañón y bajamos para hacer nuestra caminata. El frío era intenso y el viento no ayudaba, aunque por suerte nos golpeaba de espaldas. Inmediatamente me di cuenta de que debería haber traído al menos dos capas más de abrigo, y no desdeñar una bufanda, guantes y gorro de lana. Marisa estaba un poco mejor provista que yo y con una capucha; a mí se me helaron las puntas de las orejas en cuestión de minutos.

No obstante todo esto, al caminar un rato a buen paso el frío se olvida, y más cuando uno tiene un espectáculo tan grande a la vista. En este punto debo dejar que las fotos hablen por sí solas, porque no tengo palabras adecuadas para describir la inmensidad del panorama. Sólo me quedaron impresiones: la más clara, algo que nos hizo notar el guía, la incapacidad para aprehender la altura de las paredes del cañón. No sé cuántos metros separaban una de otra; para nosotros que caminábamos en medio del cauce seco, sequísimo, parecían cercanas, pero al aproximarnos notábamos que nunca terminábamos de llegar, que se tardaba un minuto en llegar a donde la mano podía tocar la pared de piedra rojiza, y que entonces, al mirar hacia arriba, no era posible ver el final.

El Cañón de Talampaya tiene paredes de hasta 180 metros de altura, equivalentes a un edificio de 60 pisos (en Argentina no hay ninguno tan alto, dicho sea de paso).

Pongámoslo en perspectiva
La "chimenea"
La otra impresión fue la de edad geológica. El viento que sentíamos arrastraba arena y polvo, eso podíamos verlo. Pero era difícil relacionar eso con las paredes desgastadas, pulidas, modeladas. Cuántos millones de años de viento y arena había en esas rocas, no lo sé.

El guía nos mostró petroglifos, símbolos y figuras tallados en la superficie de las piedras por los antiguos nativos del lugar, que no vivían allí pero que enviaban a sus chamanes a hacer sus ceremonias (más tarde publicaré fotos de esos petroglifos). Es fácil entender por qué creyeron que el cañón era un lugar apropiado para lo sobrenatural; yo mismo, que no creo en ello, experimenté una cierta sensación, una concretitud, una solidez tan abrumadora que no se parecía a lo meramente material. (Ahora mismo me lamento por no haber tocado más esas rocas con las manos. Suena increíble pero apenas las toqué...)

En un par de lugares, la forma de las rocas y del cañón hace que los ecos se multipliquen. Un grito allí rebota, se escuchan claramente frases de cuatro o cinco palabras, repetidas otras tantas veces a lo largo de las paredes.

En otro lugar, una combinación fortuita hace que la escasa humedad se concentre y cree un "jardín" natural, con varias especies típicas del desierto en profusión. Además de árboles hay maras (las mal llamadas liebres patagónicas).

El culmen de la experiencia fue mirar hacia arriba y ver dos formas negras volando entre los picos rojos, posándose una vez, volviendo a lanzarse en un planeo suave. Eran cóndores. Imposible conocer su tamaño, pero un cóndor puede tener tres metros de envergadura y estos estaban a buena altura, el macho volando y la hembra finalmente posada en una saliente.

El cóndor pasa

Una camioneta llena de turistas pasó y volvió al rato. Los pasajeros nos miraban extrañados. ¿Qué hacíamos caminando kilómetros por el cañón, muertos de frío? ¿Y qué tanto mirábamos hacia arriba? El guía nos explicó que muchos turistas, en vez de contratar una excursión completa, prefieren venir independientemente al parque. Cuando llegan, la administración les ofrece una excursión en camioneta (es su negocio). La excursión es mucho más barata que venir desde Chilecito, bajarse aquí y hacer un trekking de dos horas y media, pero también es mucho más parcial. El espectáculo se reduce a lo que se puede ver desde las ventanillas de la camioneta. Desde luego que no se ven los cóndores. No sé qué les dicen a los pobres turistas, pero por lo que comentó el guía, muchos turistas que han venido a ver el cañón se enteran tarde de que les han vendido una porción muy pequeña del mismo.

Mientras caminábamos por el "jardín", unas cositas minúsculas y frías empezaron a caer flotando desde el cielo. Estaba nevando. Apenas. Yo estaba feliz como un chico. En donde vivo no ha nevado desde antes que yo naciera. Una vez en mi vida toqué nieve, cuando tenía 17 años y estaba de viaje de estudios en Bariloche.

Volvimos. El viento ahora nos daba de frente. Sentí que se me congelaba la nariz. Marisa había perdido todo el color que había adquirido en los días anteriores pasados al aire libre. Teníamos las manos lívidas, sin sangre. No podía hacer mucho más que cero grados, y no había ningún reparo. Después de lo que pareció una eternidad, llegamos a la camioneta. Nos tomó un buen rato dejar de temblar.

En la Cuesta de Miranda, a 2.000 metros de altura, caía una nieve de copos pequeños, blancos tan blancos que parecían falsos, como una lluvia de telgopor picado fino, y las nubes velaban los picos. Bajando de las alturas, vimos de vuelta los ya familiares cerros del Famatina, los más altos sutilmente espolvoreados de nieve. No era mucho, pero espero que les haya servido de algo. En Chilecito, cuando no hay nieve en invierno no hay agua en verano.

3 comentarios:

  1. Como todo negocio, te ofreecen primero lo que les coviene vender y hay cosas que directamente no te ofrecen. Soy de Chilecito y espero que vuelvan alguna vez, en febrero, para festejar los carnavales.

    Saludos

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  2. Estimado, me podrías explicar un poco por favor eso de que había turistas en una camioneta y que al parecer visitaron una pequeña parte del Parque. No como uds que x lo que decís disfrutaron mas. Fueron por su cuenta con un guía? Es decir que conviene? Contratar por Rolling Travel que un operador turistico del parque? O existe otra forma. No quiero ir como turista gringo y que no me dejen bajar!!
    Muchas gracias por tu tiempo.
    Saludos.
    Giuliano.

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  3. Giuliano: Hay que contratar una excursión que te lleve hasta la entrada del cañón y que incluya trekking por el mismo. El guía te lleva hasta el cañón, se bajan todos de la camioneta y caminan una hora y media, más o menos, a su gusto. No se llega tan lejos como en las camionetas del parque, pero se puede vagar y mirar hacia arriba. NO TOMES LA EXCURSION EN CAMIONETA QUE TE VENDEN A LA ENTRADA DEL PARQUE.

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