
El guía se bajó a registrar nuestra entrada y después de un rato volvió. "Gente, el parque está cerrado", dijo con toda calma. Durante dos segundos enteros lo miré, esperando la risa que debía seguir a esta broma que seguramente se le hace a todos los turistas neófitos después de aguantar dos horas y media apretados en una camioneta con sus nalgas maceradas por asientos incómodos. No hubo tal. Era verdad.
El viento soplaba cada vez más fuerte: era el zonda, viento seco que baja de las montañas y que sufren las provincias de Cuyo pegadas a los Andes. Traía polvo y arena en cantidades y a velocidad increíbles. Recién estaba comenzando, y ya era imposible ver nada en el horizonte, desdibujado, tapado por una masa marrón, del color de la arena ferrosa de Talampaya. No sólo iba a ser imposible ver algo o tomar una foto, sino que cualquier cosa podía salir volando.
Esperamos un rato para averiguar la opinión de los guardaparques. El zonda iba a durar por lo menos unas horas, y aún después el polvo quedaría en suspensión. Era perfectamente posible que el viento no se detuviera en todo el día.
Abatidos, tomamos el camino de regreso. La vía de entrada del zonda entre las montañas se veía claramente luego de alejarse unos kilómetros: era un chorro de aire turbio amarronado que iba corriéndonos y expandiéndose. Me noté sorprendentemente resignado. El viaje hasta el parque y la vista del camino habían sido fabulosos. No podía quejarme, realmente, porque un imponderable climático me arruinara la excursión principal. Tendríamos una nueva chance dos días después.
Llegamos de vuelta a Chilecito pasado el mediodía. El zonda había llegado allí también. El cielo y las puntas de los cerros habían desaparecido, tragados por la masa marrón. Estaba, felizmente, más fresco, así que nos fuimos a ver cactus... y de eso sigo contándoles después.
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